lunes, 29 de octubre de 2012

Piel.

Te sentí.

Te sentí venir.
Te sentí llegar, acercándote paulatinamente, sin prisa pero con ansias.
Te esperé.
Te recibí.
Te sentí…

Tu pelo, salvaje.
Tus labios, junto a los míos.
Tu olor, tan peculiar.
Tu presencia, firme y vulnerable a la vez.

Es parte de un todo, tan maravilloso que, me hace suspirar cada vez que abro los ojos y te veo, ahí, conmigo, sentada, acostada, despierta o dormida.
En parte de un todo. Un todo maravilloso.

Desde aquél entonces siento como todo lo malo se desvanece.
Con tu sonrisa, con tu risa, con tu voz, con tu mirada. Con tan sólo tu respiración…
Con cada una de tus expresiones.

Sos hermosa. Pero no querés que te lo diga.
¿Por qué? ¿Por qué no puedo demostrarte lo que generás en mí con un “Sos hermosa”, o un “Hola, hermosa”? No me dejás. Decís que miento.
Pero no miento…

“Hola”. Palabra tan recurrente en nuestros diálogos.
Es el disparador de una conversación, el pié de una demostración de cariño, de un gesto de amor, de una sonrisa mía o de una tuya.


Son tus ojos que me atrapan, tu mirada  me desconcierta, tu voz dulce, susurrándome al oído. Son los besos, los abrazos. Son todas esas cosas que son parte de un todo.

                                                                  Somos dos, y somos Uno.

Atte.

jueves, 25 de octubre de 2012

Retrato.


Hay un lugar al que nunca fui (y no creo que vaya jamás) del que muchos me han contado. Sagrado es y su descripción en esta: Infinitos hilos monocromo caen desde la altura y cubren parcialmente y por lo alto lo que seria una esfera u ovalo gigante. Los hilos presentan excesivas y diferentes tonalidades, pero el color siempre es negro, como la oscuridad que rodea de manera constante al conjunto susodicho. En el ovalo, los hilos se cortan en un fleco y por debajo de este, dos puntos gigantes y estratégicos se presentan, simétricamente. Estos dos puntos (o puertas del alma) son increíblemente extravagantes y por qué no, perfectos. Marrón es su núcleo y el brillo que emiten es inagotable, aunque a veces la lluvia no permite ver su verdadero esplendor. Unos micrómetros mas abajo una montaña no muy alta se eleva por sobre la gran esfera/ovalo. Esta algo rojiza y nevada, y una masiva cantidad de buitres vuelan a su alrededor, en busca de algún punto débil por el cual atacar. Casi llegando al final del ovalo, se topa uno con dos volcanes carnosos y fibrosos, por no decir extremadamente suaves. Se discute aun si son carmesíes o grisáceos, ya que depende el punto de vista del cual se los mire, quien los observa y el día que se los afronte. Los volcanes gemelos esperan aun por algo que los haga erupcionar. Muchos intentaron escalar esos riscos, pero bien o eran tontos o suicidas o ambas cosas. Nadie lo logro. Finalmente, a los costados del ovalo se pueden ver dos seudocartilagos, no muy grandes, que visten perlas lustradas en su punto mas bajo y tierno. Dicen algunos que se les puede hablar a estas ''cuevas'' en busca de alguna respuesta a mito o tema delicado, sea amor o sea muerte, y en cierto caso, las plegarias son satisfactoriamente respondidas. La gente que lo dice, sin embargo, no esta del todo sana.
Yo bien podría arriesgarme a visitar ese lugar, pero no me fio de un terreno tan malditamente inestable. Y bello.






(Y así es como se terminaría tu retrato, bonita)


Demencia gratuita: Muse - Space Dementia

miércoles, 24 de octubre de 2012

Ella, la histeria.


Da vueltas en la cama. De un lado a otro, sus ojos pasean por la habitación que parece detenida en el tiempo. Los muebles viejos, el verde antiguo de la pared, las cortinas horrendas y llenas de polvo, el reloj de péndulo haciendo un ruido bajito pero incesante. Ella sigue revolviéndose, aturdida. La histeria la ataca, la propia y la ajena. Los recuerdos, tan lúcidos, la alteran. La excitan. La desestabilizan. Perder el equilibrio la hace gritar y sigue moviéndose. 
Sabe que cuando todo pase, cuando esos recuerdos vuelvan a hundirse en su conciencia, ya no habrá dolor. Pero el olvido no existe y lo sabe; y es eso lo que probablemente más la atormente: seguirán allí, ahogados, llenos de musgo como esos barcos que pasan años bajo el mar. 
Un día llegará alguien lo suficientemente fuerte para remover esa reminiscencia muerta al fondo de su mente y, como ahora, ella, llena de miedo, deberá luchar con la histeria una vez más. Con ese momento de conciencia tan lúcido que mata; que se clava al lado del corazón y lo rasca, regodeándose, sin piedad alguna, con la posibilidad de destruirla. Entonces, esa misma persona que arrastró ese barco abandonado a flote, será quien se pare a su lado y le sostenga la mano mientras la histeria la visite, mientras los sueños se destruyan, mientras parezca que no sobreviviremos para ver el siguiente amanecer. No será suficiente, sin embargo. Los fantasmas volverán a hundirse, quizás más hondo; porque hay algo que esa persona no puede entender: esos recuerdos son parte de ella, así como la histeria y los miedos; están arraigados. 


Destrucción.
Se siente tan bien volver a ser yo por un momento.
B.

miércoles, 17 de octubre de 2012

[Mi cabeza es un] Rompecabezas.



De que podría hablar en este caso. Tal ves de uno, si no el mejor viaje de mi vida. Cuando nos dirigimos yo y unos 40 mas a Jujuy de los Andes a una hermosa, hermosísima escuelita que no tenia mas que amor para entregar. Posteriormente me encontraría yo y los demás en días y noches de diversión, a unos varios kilómetros más de allí, en San Martin. Sinceramente fue lo mejor del mundo. Y aunque no tengo más que palabras insignificantes, solo puedo recomendar que lo 
hagan si tienen alguna oportunidad.

Aunque por supuesto podría hablar de la parte negativa. O de la seudo-traición que se arrastró hasta bien entrado el viaje. O como tuve en manos la alegría de unos cuantos (y la tristeza de muchos otros). Sinceramente, mi mente esta en extremo bifurcada y lo único que hice en mi reciente estadía en Bs As fue marearme y confundirme. Disculpas por esto.

Otra cosa, para organizarme mejor: sepan perdonar también la falta de entradas recientes. Debería estar a flor de popa mi imaginación, pero mucho me temo que esos chiquitos de la escuela me hicieron olvidar la fantasía, para ver un poco la realidad. OTRA realidad sin duda. Mucho mejor.

También podría hablarles a ustedes de ilusiones y caídas y malentendidos y sinceridades mías. Y como una vez mas caí en una telaraña de lo más profunda. Igual, queridos, ya estoy volviendo en si. No es un problema del que quiero hacer un vacío eterno. Ya muchas buenaventuras tuve en el viaje como para que una niñita de ojos bonitos me corte en pedacitos. No más.


Creo. Ojalá.


En fin, me parece que, aunque fue corta, explica (muy escuetamente) lo que ocurrió en este par de semanas. Sepan entender mi confusión temprana y mis molestias. Puta que estoy escribiendo mal.


Ya volveré en unos días. Mejor que nunca. Más cargado que nunca. Más lleno de mierda mental que nunca. Y con una precisión quirúrgica en el control de mis escrituras. Por ahora, deséenme suerte. Saluditos.


Uno no va a la librería para enamorarse, pero allí estaba. Leía a Allan Poe traducido por Cortázar y una sonrisa se le dibujaba en los labios; con una mano sostenía el pesado libro y con la otra recorría distraídamente las páginas del ejemplar en la mesa. Notó la longitud de sus dedos y pensó que sería buen pianista. Ella no sabía, entonces, de París y de Londres. Ni siquiera sabía de su música, o de las pinturas. Mucho menos de las clases de saxo. Y todo eso que ella todavía no sabía, quería saberlo.
Buscó en su cabeza una excusa para hablarle. Hoy ya no la recuerda, pero cree que fue pedirle el libro que recorrían sus dedos. Lo que sí está vívido en su mente es la sonrisa amable y la mirada desorientada que le dedicó al levantar la mirada del libro.
Hoy sabe de París y de Londres, de la música, de las pinturas, de los dibujos, del saxo. Sabe del piano, de la guitarra, de la biblioteca, de los libros viejos, de las fotos en blanco y negro. Sabe que nació varias décadas después, pero que con ella se siente cómodo. Hoy Poe ocupa un lugar especial en la estantería donde se mezclan sus libros. Hoy, que ya le escribió canciones, la pintó vestida y desnuda, le mostró su lugar en  el mundo, le cantó los Beatles, la llenó de besos, le regaló libros y la llevó lejos; hoy ella sabe que uno no va a la librería a enamorarse, pero él estaba ahí.

Uno no va a ningún lado a enamorarse, ¿no?
Pero de pronto nos pasa y ¡pum!
Nuestro mundo se da vuelta.
Y escribimos cuentos con finales felices.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Mamá tenía los ojos llenos de terror. Papá quemaba los libros en el patio de atrás mientras le gritaba que también había que quemar las fotos. Habían chupado a Ernesto. "Y si Ernesto cae, caemos todos". Por eso el viejo se había quedado al lado del teléfono toda la tarde. Las cuatro horas se habían hecho seis, porque guardaba la esperanza de que algo, un imprevisto, lo hubiese retrasado más de lo esperado. Sin embargo ya habían pasado ocho y no había noticias.
Con el tiempo fui aprendiendo cómo funcionaban. Los llamados periódicos y la ansiedad cuando alguien se atrasaba. "Lo chuparon" y el caos posterior que instauraba en la casa esa frase. Ahora era en serio. Papá decía a los gritos que había que movernos rápido. Mamá tiraba al fuego las fotos familiares. Tenía las mejillas con surcos rojos producto del llanto y el cuerpo se le contraía con cada sollozo cargado de angustia. Yo quería abrazarla y, cuando lo intenté, me mandó arriba con Pedro. Pedro también lloraba; sufría porque ella sufría.
Era la segunda vez que esto pasaba. En la primera Pedro era demasiado chico siquiera para entender lo que estaba pasando. Mamá convenció a papá de que no era necesario quemar los libros de Marx, los cuales llevamos con nosotros. Ahora la cosa era diferente. Parecía que no había tiempo y que se los iban a llevar también a ellos. Por un momento, cargado de resentimiento, pensé que quizás se lo merecían. Entonces me escapé, ya no quería ser parte de todo aquello. Le dije a mi hermano que se quedara donde estaba—en la cama, tapado—como si la frazada pudiera protegerlo del miedo. Agarré las llaves y un poco de guita y corrí varias cuadras hasta llegar a la avenida Rivadavia. Paré un taxi. "Corrientes y Salguero". Ahí vivía ella, Ámbar.
La había conocido hacía un par de años en el Parque Centenario. Leía un libro de esos prohibidos, lo supuse porque estaba forrado. El pelo castaño oscuro le caía sobre el rostro pero, y quizás porque todos sentimos el peso de la mirada ajena sobre nosotros mismos, levantó la vista para dar a luz los ojos verdes más hermosos que había visto jamás. Me había sonreído mientras cerraba el libro y encendía un cigarrillo, nunca supe si fue por mi cara de boludo o por la remera de los Beatles. Aunque ahora que la conozco diría que fue por la camiseta, por entonces no sabía del tocadisco y los vinilos que le había regalado su papá.
Era más grande que yo. Iba a la facultad y estudiaba Letras, pero había tenido que dejar cuando las cosas se pusieron jodidas. Veía mucho de mis viejos en ella; los ideales revolucionarios que les despreciaba y que ella volvía hermosos, por ejemplo. Ámbar podía vivir tranquila porque vivía sola y porque no estaba metida en la política.
Me decía pibe todo el tiempo y yo me alteraba; porque de verdad sentía que no tenía nada que hacer al lado suyo. Fuera cual fuese la razón por la que seguía invitándome a compartir un poco de mi tiempo con ella, no parecía importarle la diferencia de edad. Ni siquiera cuando hacer el amor se volvió inevitable. Empecé a fumar sus cigarrillos, a disfrutar de sus libros, a escucharla hablar de cómo el amor podía cambiar el mundo, a acariciarla con los Beatles y el sonido inconfundible del tocadisco funcionando.
Cuando toqué el timbre me di cuenta de que llevaba meses sin verla. La última vez me había dicho "te estás enamorando y no está bien", frase que se había clavado hondo en mi corazón adolescente. Quizás por eso no había vuelto, tal vez simplemente porque esa oración era lo que yo tanto temía: que se diera cuenta que no tenía nada que hacer conmigo. Sin embargo cuando me abrió la puerta del edificio su sonrisa era la misma de siempre y sus brazos rodearon mi cuello en un abrazo cariñoso. "Te extrañé, pibe". Así son las mujeres. En los tiempos en los que papá era más amigable, solía decirme que dicen siempre lo contrario a lo que piensan y Ámbar no tenía por qué ser la excepción.
Leyó a Neruda en voz alta antes de intentar darme un beso. La confusión era visible en sus ojos, porque al fin de cuentas ella sabía que yo estaba enamorado y que sus besos eran para mí, de todos los besos, los más lindos del mundo. A pesar de todo me besó. El olor a flores un poco invasivo de ese perfume barato que usaba, me atacó de pronto. Junto con este, el calor penetraba a través de mi ropa y la cercanía se volvía tan real que se desdibujaba el límite entre un cuerpo y el otro. Ámbar era amor, pasión, alegría; era la fuerza que yo no tenía para decirle a mis viejos que dejaran de luchar por el cambio y lucharan por sus dos hijos, que los queríamos ver envejecer; Ámbar era todo lo que me faltaba y lo que nunca aprendí a ser. 
Una semana entera me quedé en su departamento. Insistió para que volviera a casa, por lo menos a ver cómo estaban los viejos. Es probable que me negara porque presentía lo que había pasado; porque volver allí era enfrentar la prueba latente de mi cobardía. Se ofreció a acompañarme, así que volvimos. En el trayecto pensé cómo explicarle, sobre todo a papá, quién era y cómo conocí a Ámbar; aún cuando sabía que la casa iba a estar vacía. Es una sensación muy extraña, tener la certeza de que algo sucedió y aun así pretender convencerse de lo contrario. Como cuando alguien fallece y se lo sigue esperando; como cuando el amor se acaba y seguimos insistiendo; como cuando mentimos para que al otro no le duela. Así me sentía; mintiéndome a mí mismo.
Ella lloró. "No puedo entender que no te duela". Yo no podía dejar de pensar en Pedrito y en papá diciendo "lo chuparon". Pedrito. Pedrito y yo que le había dicho que se quedara abajo de la frazada. Pedro, que tenía un hermano que no supo, o que no pudo. Y papá, que le importaba más la izquierda que lo que pasaba adentro de su casa.
Ámbar me agarró la mano. "Dale, tarado, sufrí". Entonces lloré a los padres que nunca tuve y que ellos se llevaron. Y quise alejarla, sacarla de ahí y no volver a verla. Ella me había mostrado un mundo en el que podía ser feliz; sus palabras decorativas, Neruda, los discos de vinilo. Las letras de Sui Generis, el comunismo, los jóvenes y la política. El sexo y los cigarrillos. Los vicios y el amor. Estar con ella y estar sin ella. La quise alejar y no pude. Porque como antes, ahora, volvía a elegir ese mundo en el que podía estar bien aún cuando enamorarme era algo malo.


Bú, lo conflictivo que es amar en guerra; a alguien o a los propios padres. 
Necesita una revisión en frío, pero ahora no es el momento.
Creo que no le ponía un nombre a un personaje desde que me puse nombre a mí misma.
Creo que no escribía algo tan largo desde...
...bueno, hace tanto que ya ni me acuerdo.
Si le quieren buscar un título, los aplaudo.
B.

martes, 18 de septiembre de 2012

¯\_(ツ)_/¯

Que día mojado. Correr tras el bondi, saltar charcos de manera cuasi homosexual, esquivar molestias espirituales, y porque no, sacar un par de espinas del motor. Sin duda un pésimo día para amar de manera apropiada. Sin embargo, es idóneo el hábitat para la reflexión y la moralidad. Para buscar respuestas a las preguntas que nunca me van a responder, o nadar en el mar de ideas bizarras en mi interior. ¿O que tal planear el futuro más incierto y quebrantable? Todo eso sirve para un día tan temporal como hoy. El viento que se lleva las penas y el agua que las vuelve a traer, para chocar de lleno con tus ojos. Es difícil ver bajo la lluvia, pero es una sensación fantástica y extraña. Ese ahogamiento prematuro. Ese escape del mundo árido que conocemos. Tratar de pulir un poquito mas las incoherencias que tanto nos molestan, como el trabado de palabras y los momentos incomodos. Perfectamente cómodos para los días de lluvia, igual. Me gustaría explicar un poco más del tema, pero necesito un exprimidor o algo así. Un trapo de piso, tal vez. Este, en cualquiera de los casos, es muy recomendable no dejarse golpear por estos días. Ni por la gente, que erosiona de a poco el alma y luego la mente. El mal tiempo merece nuestra buena cara, aunque sea jodido de lograr. Aunque te escupa.




Porque aunque el día no cambie, no hay cosa mas cálida que una sonrisa. Ni más dulce.




Debería de afeitarme, creo.  Jazz estrafalario aquí, suerte con los días: BBNG

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